Hace unos días salí a bailar salsa con mi hermana. Sonaba simple, pero yo iba con miedo.
Miedo porque apenas estoy aprendiendo.
Miedo porque siento que no lo hago “perfecto”.
Y miedo, sobre todo, porque tenía esta idea clavada de que yo ya no sabía bailar con nadie más y es que durante 15 años solo había bailado con la misma persona y creía que mi cuerpo ya no se sabía mover con alguien distinto.
Pero mi hermana me dijo algo que no se me va a olvidar:
“Viry, tú naciste bailando.”
Y sí.
Mi primera pareja de baile fue mi mamá. Desde muy chiquita me echaba mis buenas salsas y cumbias en casa mientras hacíamos limpieza.
Bailábamos juntas, sin técnica, sin estructura, pero con una alegría que no se ensaya.
Y luego, con los años, llegó el pensamiento tramposo: el de tener que hacerlo perfecto. El de no equivocarme. El de no pisar. El de dar unas vueltas espectaculares.
Por eso me metí a clases. Para “corregirme”. Para bailar “bien”.
Pero esa noche con mi hermana entendí algo que no me habían enseñado en ninguna clase: no hay que hacerlo perfecto para hacerlo.
Y mucho menos para disfrutarlo.
Me dejé sacar a bailar por todos los mans posibles, total no es como que Chayanne me estaba haciendo examen.
Los pisé, sí.
Nos reímos, también.
Di vueltas para el lado equivocado, claro.
Pero también hubo momentos bien padres!
Hubo conexión, música, risas… ¡y unos buenos dancings que sí se dieron! (Aunque me faltó la de yo no sé mañana).
Terminé súper bailada, mi hermana no podía creerlo.
Esa noche rompí un miedo, uno de esos que no hacen ruido, pero que se te enredan en el cuerpo.
Y me quedo con esta lección:
En la vida no hay perfección.
Hay diversión.
Y hay que soltar los miedos y hacerlo.
Hacerlo así, como salga.
Bailar aunque no sepas bien los pasos.
Bailar aunque te tiemblen las piernas.
Bailar aunque tengas miedo, solo bailar
Deja un comentario