Creí que ya le había agarrado el pedo a la vida y la tenía “resuelta” por fin había encontrado una chamba que me apasionaba y estaba bien combinada con mi prolífica carrera como corredora jaja casi no comía carne, no chingaba gente y meditaba; pero mi más importante posesión: un matrimonio feliz.
Me sentía afortunada de haber encontrado al «amor de mi vida» tan joven, de tener la posibilidad de vivir a su lado una vida plena y feliz; con un amor que aunque muy universitario e inmaduro, también muy genuino.
Sentía que mi fuerza y resiliencia venían de él.
Mi mamá también lo pensaba. El último día que pude “hablar” con ella, fue antes de internarla, creo que fue de las pocas pláticas sensatas que pudimos tener.
Lloró conmigo al ser consciente de su enfermedad y nos despedimos, me dijo que se quedaba tranquila de que Dios me había mandado a mi esposo para acompañarme en todo lo que se venía, que no iba a tener que enfrentarlo sola… ay mami, ay mami.
Aprendí que no tenía la vida resuelta, que no la puedo meter en mi excel en el que planifico todo jaja porque este pedo de vivir no es lineal.
En un pestañeo perdí lo que creía mi mayor logro: mi familia, me la quitaron y no pude hacer nada -aunque no se diga que no lo intenté todo- para recuperarla, a la mala aprendí que no puedes forzar el amor.
Me quedé con esta vida que se planeó para dos, me quedé con las responsabilidades, los recuerdos ¿cómo deshago 15 años, en dónde los meto? … ¿me quedé también sin corazón?
No tengo aún la respuesta, pero lo que si tengo claro y que me gustaría poder decirle a mi mamá es:
Querida, estábamos equivocadas, mi fuerza no venía de él, viene de mi, viene De Dios …. mami, estoy bien.
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